El testimonio de Pedroluiz Ibarra Osuna reabre la discusión sobre el impacto del polémico tema en la comunidad LGBT
La banda Molotov ha vuelto a colocarse en el centro de la controversia. En los últimos meses, el grupo ha sido noticia por diversos motivos: desde el estado de salud de Tito Fuentes, quien ha enfrentado problemas relacionados con adicciones, hasta un intercambio verbal entre integrantes de la agrupación y José Ramón López Beltrán, hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Sin embargo, una polémica de larga data volvió a encenderse: el debate sobre si su tema “Puto”, lanzado en 1997, es denigrante y violento hacia la comunidad LGBT. En años recientes, esta discusión llevó a la banda a colaborar con el cantante Georgel en una nueva versión titulada “No putx”, buscando resignificar el mensaje original.
El testimonio que reavivó la discusión
El polémico tema resurgió en la conversación pública luego de que el influencer Pedroluiz Ibarra Osuna compartiera un potente testimonio en el programa HAMR, derivado del pódcast Herejes. Conocido por abordar temas relacionados con los derechos LGBT, Ibarra Osuna lanzó una serie de declaraciones que rápidamente se viralizaron.
“Para mí estos hombres son mis agresores, y no hablo de una analogía, estoy siendo real”, expresó. Aseguró que, durante su adolescencia, los integrantes de Molotov “lo agredieron” simbólicamente a través de la popularización de la canción.
El creador de contenido recordó que en 1997, cuando tenía 13 años, la televisión y la música eran una ventana para descubrir su identidad. “Madonna, Mónica Naranjo, Britney, Cristina, OV7 y también Molotov”, mencionó. Sin embargo, la letra del tema lo marcó profundamente.
Describió el coro de la canción como “un conjuro”, una especie de sentencia que, según su experiencia, legitimaba la violencia que sufría:
“‘Amo al matón, matarile al maricón’, como una orden directa: mátenlo”.
“La banda sonora de las madrizas”
El influencer relató que cada vez que la canción sonaba en las tardeadas escolares, sabía que la agresión venía en camino.
“Los bullies me cercaban y empezaban a hacer slam con mi cuerpo”, contó.
Añadió que él, y otros jóvenes “que parecían distintos”, eran empujados, golpeados y humillados:
“Aprendimos a escondernos porque ellos les pusieron precio, les dieron permiso”.
En su testimonio, Ibarra Osuna afirmó que Molotov representó mucho más que irreverencia juvenil:
“Ellos fueron los creadores del himno de odio con coro pegajoso que tanto me lastimó”.
Reveló que escuchar el nombre de la banda aún le provoca “una mezcla de miedo y asco”, pues recuerda que mientras los músicos brincaban en el escenario, él era violentado:
“Mientras esos animales cantaban su sarta de pende…, había personas brincando sobre mí. Mientras cantaban ‘Matarile’, yo aprendí a odiarme para sobrevivir”.
Un cierre desde la resiliencia
Hoy, su vida ha cambiado. Con firmeza, habló de la reconstrucción emocional que ha vivido:
“Ese niño ya no corre, ya no se esconde, ya no pide perdón por existir. Hoy ese niño es mi voz, mi fuerza, mi consciencia”.
En uno de los fragmentos más citados de su testimonio, lanzó un mensaje de justicia personal:
“Sobrevivir también es venganza para estos cabr…, el miedo se fue y la vergüenza no era suya”.
El discurso culminó con una frase que desató aplausos en redes sociales:
“Y a toda esa bola de pende… que lo lastimaron, que usaron su música como permiso para hacerlo, los mandamos a ching… a su madre”.
La banda no ha emitido una postura reciente ante estas declaraciones. Entretanto, el debate sobre el impacto cultural de sus canciones —y sus límites entre irreverencia y violencia— vuelve a colocarse en el centro de la conversación pública.




