Detrás de cada despedida existen historias que casi nunca se cuentan. Son relatos que ocurren en silencio, lejos de las cámaras, del ruido mediático y de los reflectores. Eduardo lo sabe bien. Su oficio consiste en preparar los cuerpos de personas que han partido, una labor poco conocida, pero que exige respeto, sensibilidad y una profunda humanidad.
A lo largo de su trayectoria profesional, ha estado a cargo de la preparación de figuras que marcaron a varias generaciones en México, como Cepillín, Manuel “El Loco” Valdés y Carmen Salinas. Sin embargo, uno de los casos que más lo marcó fue el de Octavio Ocaña, el actor que dio vida a Benito Rivers y que creció frente a los ojos de millones de personas.
“No fue por la presión mediática, sino por lo que representó”, relata Eduardo. “Era un joven que todos conocimos desde niños. Lo vimos crecer en pantalla y, de pronto, tenerlo frente a mí, ya sin vida, fue algo que me estremeció profundamente”.
Explica que el proceso no fue inmediato. La entrega del cuerpo estuvo sujeta a tiempos legales, traslados y procedimientos forenses, lo que retrasó el momento de su intervención. Aun así, desde el primer instante tuvo claro que su labor debía realizarse con el mayor respeto posible.
“Hice mi trabajo como si fuera alguien de mi propia familia”, asegura.
De acuerdo con su testimonio, no hubo nada fuera de lo común en la preparación: ropa sencilla, sin maquillajes especiales, solo cuidado, atención y silencio. Como ocurre en la mayoría de los casos, la familia no tenía preparada la ropa para lo que sería el último adiós.
“Hice todo lo que estaba en mis manos para devolverle la paz al rostro”, explica. “Tal vez no fui la última persona que lo tocó —porque su familia seguramente lo abrazó por última vez—, pero sí fui quien lo vio como realmente era: sin cámaras, sin personaje… solo él”.
Eduardo reconoce que este tipo de casos sí dejan huella emocional, pese a la creencia de que quienes se dedican a este oficio se mantienen distantes.
“No somos de piedra”, confiesa. “Pero justo por eso hago este trabajo con el corazón. Porque aunque no se vea, aunque no se hable, despedir con dignidad también es un acto de amor”.
Su testimonio recuerda que, incluso en la muerte, hay personas que trabajan lejos del reconocimiento público para ofrecer una despedida respetuosa a quienes dejaron una marca profunda en la vida de millones.
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